Natsu no hikari / Lumières d’été

Natsu no hikari, o Lumières d’été es una película refrescante sobre un tema tan grave como lo es el bombardeo de Hiroshima. Si uno pretende contar una historia que se ha contado ya mil veces, como el Holocausto o la Guerra Civil Española, tiene que tener mucho tino para no caer en los recursos lacrimógenos fáciles ni en repeticiones narrativas que aburren ya hasta la náusea. En este caso, Jean-Gabriel Périot ha conseguido evitar topicazos como esos con un estilo apabullante.

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Esto se ha logrado gracias a una sencillez limpia y sin dobleces, casi como queriendo hacerse eco de los preceptos zen en el estilo narrativo. Y es que, en realidad, la historia es muy humilde: un director japonés afincado en París llamado Akihiro (Hiroto Ogi) vuelve a su tierra natal, Japón, para recoger los testimonios de los supervivientes de la tragedia de Hiroshima en el mismo lugar de los hechos, y grabar un documental en el 70 aniversario de dicha catástrofe para la televisión francesa. Aunque intenta mantener cierta distancia emocional, la fuerza de las declaraciones y el descarnado desasosiego con la que una de las supervivientes rememora el suceso (Yuzu Horie), hacen que el joven director necesite tomarse unos minutos para descansar y tomar el aire.

Al salir del centro en el que está grabando, se sienta en un banco, donde entabla conversación con Michiko (Akane Tatsukawa), una joven muy alegre y dicharachera. Al principio intenta resistirse a alargar la charla y volver pronto al trabajo, pero para él este encuentro supone un soplo de aire fresco liberador, así que decide pasar un rato más con ella. A partir de ese momento, se despliega una historia sobre los sueños y metas en el transcurrir de la vida, y también de cómo a través de ese sentimiento de pertenencia o comunidad que tenemos como seres humanos vamos creando vínculos con los demás. Esa conexión inexplicable que sentimos con los otros como individuos que contrasta salvajemente con la cruda y pura violencia del bombardeo y las guerras.

En su desarrollo, el filme nos transporta de una sensación de pesadumbre a la alegría de vivir, desde la desazón que provoca el desconsuelo de la anciana que aparece los primeros minutos hasta la alegría y vivacidad de la chica del parque. Mientras tanto, se va enlazando el presente y el pasado de Hiroshima según van paseando por la ciudad, a través de las historias que la nueva amiga de Akihiro nos va contando sobre cómo era Hiroshima antes, durante y justo después del bombardeo.

Es la película perfecta para visionar en uno de esos días donde pesa la existencia como plomo. En esos días en los que nos gustaría mandar todo a freír espárragos y quedarnos hechos un rollito primavera en el sofá de nuestra casa. Precisamente en esos días hay que ver esta película, que como el título ya apunta, nos devuelve la calidez del sol de verano directo al espíritu. Totalmente recomendada como antídoto contra el hastío, la apatía, y demás efectos secundarios de la insensibilización típica de la rutina diaria.

Una colaboración de Eva Luna

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